Cuando el alcance de los cohetes lanzados desde Gaza empezó a crecer, algunas localidades israelíes entraron dentro del radio de amenaza y otras se quedaron fuera, casi al azar, según su posición geográfica. Eso le dio a dos investigadores, Anna Getmansky y Thomas Zeitzoff, algo muy poco común en ciencias sociales: un experimento natural con votos reales. ¿El miedo a los ataques influiría en el voto de los ciudadanos? El resultado fue claro. Las localidades que pasaron a estar dentro del alcance de los cohetes aumentaron su apoyo a los partidos de derecha entre 2 y 6 puntos porcentuales frente a las que siguieron fuera de rango [1]. Fue voto contado, comparado antes y después de que la amenaza se volviera real para esas personas.
Lo curioso es que esto no es un caso aislado. Es uno de los patrones mejor documentados de toda la psicología política, y lo interesante es que llega a la misma conclusión por caminos completamente distintos: experimentos naturales con atentados reales, experimentos de laboratorio con caras digitales manipuladas, encuestas representativas durante guerras y pandemias. La conclusión, dicha sin rodeos, es esta: cuando una amenaza se percibe como real, la política se endurece. Sube el apoyo a posiciones más duras, más nacionalistas, más orientadas al orden, y sube la preferencia por líderes que se presentan como fuertes. Esto se ha medido en Israel [1][2], en España [3], en encuestas transnacionales durante la covid-19 [4], y en experimentos de laboratorio con un diseño completamente distinto al que hizo famoso este campo, como verás más abajo. Cuatro métodos, cuatro contextos, la misma dirección.
La cuestión es que el miedo no fabrica autoritarismo de la nada, lo despierta donde ya estaba dormido. La politóloga Karen Stenner lleva dos décadas defendiendo, con bastante evidencia detrás, un modelo distinto al del sentido común: que dentro de la población existe gente con mayor necesidad de uniformidad, consenso social y liderazgo respetado, la cual tiene dicha necesidad controlada mientras el entorno se sienta estable.
Lo que activa esa predisposición no es simplemente un susto, sino lo que ella llama amenaza normativa: percibir líderes indignos de respeto, o sentir que ya no hay consenso sobre los valores compartidos del grupo [5]. Cuando esa amenaza aparece, quien tiene la predisposición se vuelve mucho más intolerante. radocañ;y quien no la tiene, curiosamente, tiende a moverse en la dirección contraria, hacia más apertura, es decir: se vuelven más radicales hacia los extremos políticos. Esta predisposición no es propiedad de ningún bando político. Un estudio durante la pandemia de covid-19, con muestras en Irlanda, Reino Unido y Estados Unidos, encontró que la amenaza percibida del virus predecía actitudes autoritarias a través de un aumento de la identificación nacional, y en la muestra estadounidense ese vínculo entre amenaza y autoritarismo fue más fuerte entre personas de tendencia progresista que entre conservadoras [4]. El miedo no elige bando, igualmente derechas e izquierdas se vuelven más autoritarias y menos democráticas.
Hay una segunda línea de evidencia, que llega al mismo sitio desde la psicología evolutiva. Cuando la gente percibe conflicto entre grupos, cambia literalmente qué tipo de cuerpo prefiere en un líder. Lasse Laustsen y Michael Bang Petersen, usando caras manipuladas digitalmente para parecer más o menos dominantes, mostraron en varios experimentos que la gente prefiere líderes con rasgos faciales más dominantes específicamente en contextos de conflicto entre grupos, y prefiere líderes con rasgos más cálidos y prestigiosos en contextos de cooperación [6]. Esto se ha replicado con distintos métodos —experimentos de laboratorio, encuestas representativas durante la crisis de Crimea de 2014, medidas de comportamiento real— y siempre apunta en la misma dirección: el estar afectados por una amenaza cambia qué tipo de liderazgo buscamos, no solo qué políticas apoyamos. La explicación evolutiva de fondo —que en entornos ancestrales violentos un aliado grande y fuerte servía literalmente para ganar peleas, y ese cálculo quedó incrustado en cómo evaluamos líderes hoy— es razonable pero conviene marcarla como lo que es, una hipótesis funcional sobre el pasado remoto, no un hecho verificado directamente.
Por otro lado, en 2004, a un grupo de estadounidenses les pidieron escribir dos párrafos sobre su propia muerte y a otro sobre otros temas, y luego puntuaron a George W. Bush como lider. Quienes habían escrito sobre su muerte le dieron claramente una mayor puntuación. [7]. Es el estudio que popularizó toda esta idea, y el que sigue apareciendo en el noventa por ciento de los artículos de divulgación sobre miedo y política. Ahora bien: ese estudio concreto no se sostiene bien hoy. En 2019, un equipo de 37 investigadores en 21 laboratorios distintos, con más de 2.200 participantes y la colaboración de los propios autores originales, intentó replicar el hallazgo siguiendo el procedimiento al pie de la letra, y el efecto agregado no se distinguía de la nada [8]. En 2023, otro equipo publicó cinco estudios independientes con el mismo paradigma clásico y las cinco veces fracasó en encontrar el patrón [9]. Una revisión sistemática de 2025 sobre más de ochocientos estudios de esta hipótesis concluyó que buena parte del entusiasmo original se explica por sesgo de publicación: los estudios que encontraban el efecto se publicaban, los que no, se quedaban en un cajón [10]. Pero fíjate en algo importante: esto es un problema del paradigma de laboratorio de 2004, no de la conclusión general. La conclusión general —amenaza real, política más dura— nunca dependió de ese experimento. Se sostiene sobre los cohetes de Israel, sobre la teoría de Stenner, sobre las caras dominantes de Laustsen y Petersen. Incluyo este estudio para indicar que algunos estudios sobre la influencia del miedo en los votantes no son concluyentes, pero hay prueba sobrada.
De todas formas, el miedo tampoco garantiza automáticamente que la gente apoye más al gobierno de turno, y esto lo demostró sin querer la pandemia. Durante la covid-19 hubo lo que se llama un efecto bandera —el impulso a cerrar filas con quien manda cuando hay una amenaza compartida— pero ese efecto no fue automático ni universal. Donald Trump y Jair Bolsonaro, que minimizaron públicamente la gravedad del virus, no vieron el repunte de popularidad que sí experimentaron líderes que reconocieron la amenaza como real y actuaron en consecuencia [11]. Es decir: el miedo necesita que alguien, desde arriba, valide que el miedo está justificado. Sin esa validación, el miedo puede volverse directamente en contra de quien lo ignora, en vez de a su favor. En mi opinión, es otro ejemplo de que el miedo es un potenciador de voto, en este caso al intentar minimizar daños económicos tapando la amenaza no se ganaron la confianza del electorado.
Ahora bien, no esta claro que el miedo ayude mas a un bando específico.Un metaanálisis de 2003 con 88 muestras y más de 22.000 personas en doce países encontró que la ansiedad ante la muerte correlacionaba con conservadurismo en 0,50, y la necesidad de orden y cierre cognitivo, en 0,26 [12]. Ese mismo año, otros psicólogos —entre ellos uno de los padres de la teoría de la gestión del terror— publicaron una réplica crítica señalando que la rigidez cognitiva y la intolerancia también aparecen en la izquierda cuando son sus propios valores los que se sienten amenazados, y acusaron al estudio original de mirar solo hacia un lado del espectro [13]. Ese debate sigue abierto veinte años después.
Ahora bien, si la activación de la predisposición autoritaria de Stenner depende de sentir que el orden normativo está roto, y los algoritmos de redes sociales están optimizados para premiar el contenido que genera indignación y alarma, ¿tenemos ahora mismo una tecnología capaz de mantener a una parte del electorado en estado de amenaza normativa permanente, sin necesidad de un atentado o una guerra real de por medio? Esto es sólo una conjetura, pero sabemos que la amenaza normativa activa la predisposición autoritaria [5], y sabemos que las plataformas de medios de comunicación y redes sociales priorizan contenido que genera reacciones emocionales intensas para enganchar. Es de lógica en mi opinión sumar 2+2 y deducir que este coctel es seguramente uno de los causantes de la polarización política que actualmente sufrimos.
La conclusión es que el miedo funciona como tecnología política, con décadas de evidencia convergente de metodologías muy distintas entre sí.
Referencias
[1] Getmansky, A., & Zeitzoff, T. (2014). Terrorism and voting: The effect of rocket threat on voting in Israeli elections. American Political Science Review, 108(3), 588–604. — Fiable (experimento natural).
[2] Berrebi, C., & Klor, E. F. (2008). Are voters sensitive to terrorism? Direct evidence from the Israeli electorate. American Political Science Review, 102(3), 279–301. — Fiable.
[3] Balcells, L., & Torrats-Espinosa, G. (2018). Using a natural experiment to estimate the electoral consequences of terrorist attacks. PNAS, 115(42), 10624–10629. — Fiable.
[4] Maher, P. J., Roth, J., Griffin, S., Foran, A. M., Jay, S., McHugh, C., Ryan, M., Bradshaw, D., Quayle, M., & Muldoon, O. T. (2022). Pandemic threat and group cohesion: national identification in the wake of COVID-19 is associated with authoritarianism. The Journal of Social Psychology, 163(6), 789–805. — Fiable.
[5] Stenner, K. (2005). The Authoritarian Dynamic. Cambridge University Press. — Fiable.
[6] Laustsen, L., & Petersen, M. B. (2017). Perceived conflict and leader dominance: Individual and contextual factors behind preferences for dominant leaders. Political Psychology, 38(6), 1083–1101. — Fiable.
[7] Landau, M. J., Solomon, S., Greenberg, J., Rothschild, Z., Sullivan, D., Arndt, J., Vail, K., Pyszczynski, T. (2004). Deliver us from evil: The effects of mortality salience and reminders of 9/11 on support for President George W. Bush. Personality and Social Psychology Bulletin, 30(9), 1136–1150. — Problemático (hallazgo no replicado en estudios multi-laboratorio posteriores; ver [8][9][10]).
[8] Klein, R. A. et al. (Many Labs 4) (2019/2022). Many Labs 4: Failure to Replicate Mortality Salience Effect With and Without Original Author Involvement. — Fiable (replicación multi-laboratorio preregistrada, 21 laboratorios, N=2.220).
[9] Treger, S., Benau, E. M., Timko, C. A., & Arnout, B. I. A. (2023). Not so terrifying after all? A set of failed replications of the mortality salience effects of Terror Management Theory. PLOS ONE, 18(5). — Fiable.
[10] Chen, L., Benjamin, R., Guo, Y., Lai, A., & Heine, S. J. (2025). Managing the terror of publication bias: A systematic review of the mortality salience hypothesis. Journal of Personality and Social Psychology. — Fiable.
[11] Lytkina, E., & Reeskens, T. (2025). Rally around the government or a populist response? How concerns about COVID-19 and emotional responses relate to institutional trust and support for right-wing populism. American Behavioral Scientist. — Fiable.
[12] Jost, J. T., Glaser, J., Kruglanski, A. W., & Sulloway, F. J. (2003). Political conservatism as motivated social cognition. Psychological Bulletin, 129(3), 339–375. — Con reservas (metaanálisis correlacional; debate activo, ver [13]).
[13] Greenberg, J., & Jonas, E. (2003). Psychological motives and political orientation: The left, the right, and the rigid. Comment on Jost et al. (2003). Psychological Bulletin, 129(3), 376–382. — Con reservas (réplica crítica, refleja un debate académico no cerrado).
Nota sobre fuentes marcadas: [7] se incluye porque sigue siendo el estudio de referencia histórico del campo, pero el texto es explícito en que su hallazgo concreto no se sostiene y en que la conclusión del post no depende de él. [12] y [13] reflejan un desacuerdo académico legítimo y no resuelto sobre la relación entre amenaza/incertidumbre y conservadurismo específicamente; es el único punto del post donde la evidencia no converge, y se presenta como tal.