Cómo se mide el efecto del cambio climático en cada ola de calor
En junio de 2026, buena parte de Europa occidental vivió tres días que, comparados con el clima de 1976, habrían sido prácticamente imposibles. No es una forma de hablar: es una conclusión estadística. Un equipo de investigadores de Suecia, Dinamarca, Estados Unidos, Países Bajos, Irlanda y Reino Unido analizó el episodio pocos días después de que terminara y calculó que las temperaturas nocturnas de aquel junio habrían sido más de cien veces menos probables en el clima de 2003, y las diurnas, unas diez veces menos probables [1]. Ese tipo de cálculo tiene nombre, ciencia de la atribución, y entender cómo funciona cambia la forma de leer cada ola de calor que aparece en las noticias.
Qué es exactamente atribuir un evento al cambio climático
Durante décadas, la respuesta habitual de un climatólogo ante la pregunta de si una ola de calor concreta se debía al cambio climático era que no se podía saber. Un evento meteorológico único podía haber ocurrido por azar en cualquier clima, y no existía una forma reconocida de separar la causa de un suceso aislado.
Esa respuesta empezó a cambiar en 2004, cuando Peter Stott, Dáithí Stone y Myles Allen publicaron en Nature el primer estudio formal de atribución, centrado en la ola de calor europea de 2003, que causó más de 70.000 muertes en Francia, Alemania e Italia. Su conclusión fue que el calentamiento humano había, como mínimo, duplicado el riesgo de que ocurriera un verano tan extremo [2].
El método que inauguraron sigue siendo, en lo esencial, el mismo hoy. Se simula el mundo real, con toda la carga de gases de efecto invernadero que se ha emitido desde la era preindustrial, y se simula un mundo paralelo idéntico salvo por un detalle: sin esas emisiones. Se compara la probabilidad de que ocurra el mismo evento extremo en ambos escenarios y se obtiene un número, el ratio de probabilidad, que indica cuántas veces más o menos probable es el suceso en el clima actual frente al clima sin intervención humana. Un ratio de 30 significa que un evento así era 30 veces más probable con el calentamiento actual que sin él. Cuando el resultado sale como no significativo estadísticamente o directamente infinito, no es un fallo del análisis: es la forma correcta de decir que el evento era tan raro en el clima preindustrial que ni los modelos logran situarlo dentro de lo posible.
El grupo World Weather Attribution, fundado en 2015, convirtió este proceso en un protocolo estandarizado y publicado, que combina definición precisa del evento, análisis de datos observacionales, evaluación de modelos climáticos y, cuando aplica, un análisis de vulnerabilidad social [3]. Gracias a ese protocolo, lo que antes tardaba meses o años en analizarse hoy se resuelve en días. Se han publicado ya más de 750 estudios de este tipo, y en torno al 80% de ellos encuentra una huella clara del cambio climático en el evento analizado.
Europa, año tras año
Ningún continente se ha analizado con tanto detalle como Europa. El verano de 2022, el más caluroso registrado en el continente, dejó 61.672 muertes atribuibles al calor, con Italia, España y Alemania a la cabeza [4]. En 2023, con un verano objetivamente más templado, la cifra bajó a 47.690, la segunda peor de la última década [5]. En 2024 volvió a subir hasta 62.775 [6]. Y en el verano de 2025, un análisis del Imperial College London y la London School of Hygiene and Tropical Medicine centrado en solo diez días de calor, del 23 de junio al 2 de julio, estimó que el cambio climático había triplicado la mortalidad esperada en doce ciudades europeas: de los 2.300 fallecidos calculados para ese periodo, unos 1.500 se debían directamente al calentamiento provocado por la quema de combustibles fósiles [7]. Un análisis posterior de los mismos equipos, ampliado a 854 ciudades europeas y a todo el verano de 2025, calculó 24.400 muertes por calor en total, de las cuales el 68%, unas 16.500, eran atribuibles al cambio climático [8]. Estos dos últimos análisis se publicaron como estudios rápidos, sin pasar todavía por revisión formal por pares en el momento de su difusión, aunque siguen el mismo protocolo metodológico consolidado que el resto de estudios de atribución.
Un estudio publicado esta misma semana en Nature Health, todavía sin réplica independiente, calcula que un evento de mortalidad por calor como el de 2022 es hoy, en el sur de Europa, 26,5 veces más probable que en el clima preindustrial, casi diez veces la media del continente [9]. Y el episodio de junio de 2026 mencionado al principio no fue aislado: llegó semanas después de otra ola que ya había batido los récords de mayo, y ambas compartieron el mismo mecanismo, una masa de aire subtropical procedente del norte de África atrapada bajo un sistema de altas presiones persistente [1]. En gran parte de Europa occidental, junio se está calentando más rápido que cualquier otro mes del año, y las temperaturas máximas diarias suben al triple del ritmo del calentamiento global medio, mientras las mínimas nocturnas lo hacen al doble. Eso significa noches que ya no bajan lo suficiente como para que el cuerpo se recupere del calor acumulado durante el día, un factor que pesa mucho en la mortalidad [1].
Ese estrés térmico ya está obligando a rediseñar infraestructuras pensadas para otro clima. En el Reino Unido, tras el récord de 40,3°C registrado en julio de 2022, la operadora ferroviaria Network Rail generalizó la práctica de pintar de blanco tramos de vía para reducir su temperatura entre 5 y 10 grados y evitar que el acero se deforme por dilatación, algo que en un solo episodio de calor de dos días había provocado miles de cancelaciones de trenes [10]. No es un gesto simbólico: es una medida de ingeniería directa contra un problema que antes no existía a esa escala.
Detrás de cada uno de esos números de mortalidad hay una pregunta sobre cuánto de eso es evitable. Un dato la responde en parte: si Europa no hubiera implementado planes de prevención de calor tras el desastre de 2003, la mortalidad de 2023 habría sido un 80% más alta de la que fue, y entre las personas mayores de 80 años, más del doble [5]. La adaptación reduce muertes de forma medible.
El Mediterráneo, el sur de España y el mito del clima tropical
El Mediterráneo lleva años catalogado como un punto especialmente sensible del calentamiento global: la región se calienta más rápido que la franja latitudinal que la rodea, sobre todo en verano, con proyecciones que muestran además un descenso sostenido de las precipitaciones, y el suroeste de la península ibérica como una de las zonas más afectadas [11]. En julio de 2026, los mares de todo el planeta registraron la temperatura superficial más alta jamás medida, y el Mediterráneo occidental llegó a estar hasta 6°C por encima de lo normal en junio de ese año. Un equipo de investigadores calculó que ese calentamiento, atribuible directamente a la actividad humana, ronda los 2°C en las cuencas mediterráneas, muy por encima de los 1,4°C de calentamiento global medio [12]. Ese mar más caliente no se queda en el agua: alimenta la humedad y las noches más cálidas de las poblaciones costeras, se ha vinculado a fenómenos de lluvia torrencial como la riada de Valencia de 2024, y está provocando mortandad de coral, esponjas y otras especies marinas que no toleran esas temperaturas sostenidas [12]. El Mediterráneo no es la causa primera de las olas de calor terrestres, ambas responden al mismo calentamiento de fondo, pero funciona como un amplificador que empeora sus consecuencias en la costa.
Esto lleva a una pregunta que aparece con frecuencia: si el sur de España se está volviendo tropical. La respuesta, con los datos disponibles, es que no, al menos no en el sentido técnico del término. Un clima tropical exige que ningún mes del año baje de 18°C de media, algo que ni los escenarios más pesimistas sitúan en el horizonte para Cádiz o Almería en este siglo. Lo que sí muestran los datos es una expansión de los climas áridos, y el mecanismo detrás de eso tiene nombre: la célula de Hadley, la circulación atmosférica que transporta aire cálido desde el ecuador hacia las latitudes subtropicales, donde desciende en forma de aire seco y genera los grandes desiertos del planeta. Con el aumento de la temperatura global, ese cinturón de subsidencia seca se ha desplazado hacia los polos entre uno y tres grados de latitud por hemisferio desde 1979, a un ritmo de entre 0,5 y 1 grado por década [13]. Es ese desplazamiento, no la llegada de un clima húmedo tropical, lo que explica por qué el sur de la península recibe cada vez más veranos secos y calurosos. El informe CLIVAR-Spain 2024, elaborado por la Agencia Estatal de Meteorología, confirma esa dirección: menos precipitación media anual, más episodios de lluvia extrema concentrada en pocos días, y una extensión de las zonas áridas que aumenta el riesgo de incendios y la exposición al calor [14]. El destino más probable del sur peninsular no es una selva tropical, sino una versión más seca y más extrema del clima mediterráneo que ya tiene.
El resto del mundo también se cuece
Centrarse solo en Europa daría una imagen incompleta, porque otras regiones acumulan récords comparables o mayores desde 2021.
A finales de junio de ese año, la costa noroeste del Pacífico en Estados Unidos y Canadá vivió un episodio de calor extremo que llevó los termómetros a casi 50°C en localidades donde nunca se habían superado los 40°C, y que fue seguido de un incendio forestal que arrasó buena parte de uno de los pueblos afectados. Un estudio con participación de una veintena de investigadores concluyó que ese calor habría sido prácticamente imposible sin el cambio climático inducido por el ser humano, y que episodios de esa magnitud se han vuelto al menos 150 veces más frecuentes, unos 2°C más intensos que en el clima preindustrial [15]. Durante esos días, un biólogo marino de la Universidad de Columbia Británica documentó, mediante muestreos de campo en distintas playas de la costa, la muerte por calor de más de mil millones de mejillones, almejas, estrellas de mar y otros animales intermareales, cuando las rocas costeras alcanzaron temperaturas superiores a los 50°C durante la marea baja [16]. Es una estimación de campo de un solo investigador, ampliamente difundida en prensa pero sin un estudio formal revisado por pares que la respalde en su totalidad, así que conviene tratarla con esa cautela, aunque el método de muestreo y su credencial académica son sólidos.
En marzo de 2022, India vivió su marzo más caluroso desde que hay registros, hace 122 años, y Pakistán rompió máximas mensuales en múltiples estaciones. Un equipo de 29 científicos de nueve países calculó que aquel episodio fue 30 veces más probable por el cambio climático, y 1°C más caluroso de lo que habría sido sin él [17]. Ese mismo año, el sur de Sudamérica sufría su propia ola de calor a comienzos de verano, 60 veces más probable por la misma causa. Un año después, en pleno invierno austral de 2023, con Paraguay, Bolivia, el centro de Brasil y el norte de Argentina rondando los 40°C en agosto, la cifra subió a 100 veces más probable, con temperaturas entre 1,4 y 4,3°C más altas de lo que habrían sido en un clima sin influencia humana.
China aporta un matiz que conviene explicar con calma porque ilustra bien cómo trabaja este campo. En junio de 2023, Pekín superó por primera vez los 40°C durante tres días consecutivos, un evento con un periodo de retorno estimado en 111 años en el clima actual. El equipo que lo analizó encontró que la intensidad del episodio había aumentado al menos 1°C por el calentamiento antropogénico, un resultado claro. Pero al calcular el ratio de probabilidad exacto, el número salió muy alto, en torno a 58, sin alcanzar significación estadística [18]. Los propios autores lo dejaron así: la intensidad del calor lleva firma humana clara, pero la magnitud exacta de cuántas veces más probable se vuelve el evento queda, en ese caso, dentro del margen de incertidumbre.
Y ni siquiera la Antártida se libra. En pleno invierno austral de 2024, con meses de oscuridad y temperaturas que normalmente rondan los -30°C, el interior del continente vivió la ola de calor más intensa registrada en 46 años de observación satelital, con anomalías de hasta 28°C por encima de lo normal durante más de dos semanas seguidas. Un equipo internacional demostró que el calentamiento humano había más que duplicado la probabilidad de ese episodio y añadido 0,7°C a su intensidad [19].
El límite físico del cuerpo humano
Todos estos episodios convergen en una magnitud física concreta, la temperatura de bulbo húmedo, que combina calor y humedad en un solo valor y mide la capacidad real del aire para permitir que el sudor enfríe el cuerpo. En 2010, los climatólogos Steven Sherwood y Matthew Huber propusieron, sobre bases termodinámicas, que 35°C de bulbo húmedo marca el límite superior de la supervivencia humana sostenida: a partir de ahí, ni una persona sana, en la sombra y con agua ilimitada, puede evitar la hipertermia [20]. Una década después, un estudio con datos de estaciones meteorológicas de todo el planeta confirmó que ese umbral ya se ha alcanzado brevemente en algunos puntos costeros subtropicales, y que los episodios de calor húmedo extremo se han más que duplicado en frecuencia desde 1979 [21].
El calor no mata sobre todo por golpes de calor directos, sino agravando enfermedades cardiovasculares y respiratorias previas, lo que explica por qué la mayoría de las muertes ocurren entre personas mayores con patologías previas. Un estudio con datos de 43 países, publicado en Nature Climate Change, calculó que el 37% de todas las muertes relacionadas con el calor entre 1991 y 2018 ya eran directamente atribuibles al calentamiento humano, con picos de hasta el 76% en ciudades de Sudamérica como Santiago de Chile [22]. A nivel global, hay que matizar algo que suele sorprender: el frío sigue matando muchas más personas que el calor en cifras absolutas, con una proporción de nueve a uno según el mismo tipo de estudios [23], pero esa proporción se está invirtiendo con rapidez, porque las muertes por calor aumentan de forma sostenida mientras las de frío descienden a medida que sube la temperatura media.
Qué se puede hacer con esta información
La parte más útil de la ciencia de la atribución no es el titular del ratio de probabilidad, es lo que permite construir después. El caso de referencia sigue siendo 2003: el desastre de aquel verano llevó a diseñar planes de prevención de calor que, según el análisis más reciente, evitaron un 80% más de muertes en 2023 de las que finalmente ocurrieron [5]. Eso incluye sistemas de alerta temprana, protocolos hospitalarios reforzados en los días de riesgo y campañas dirigidas específicamente a los mayores de 80 años, el grupo donde la adaptación marcó la mayor diferencia. El mismo equipo que calculó la mortalidad de 2024 desarrolló además un modelo capaz de predecir emergencias sanitarias por calor con una semana de antelación, cruzando datos de mortalidad histórica con previsiones meteorológicas [6].
La atribución también empieza a tener un papel en el terreno legal. En mayo de 2025, un tribunal alemán resolvió el caso presentado por Saúl Luciano Lliuya, agricultor peruano, contra la eléctrica RWE, a la que pedía que asumiera una parte proporcional del coste de proteger su vivienda frente al riesgo de inundación por el deshielo de un glaciar cercano a su ciudad. El tribunal desestimó su demanda porque no encontró pruebas suficientes de que el riesgo de inundación fuera lo bastante inminente, pero en su sentencia reconoció, por primera vez en un tribunal europeo de ese rango, que un emisor individual de gases de efecto invernadero puede ser responsable civilmente de una parte proporcional de los daños del cambio climático [24]. El caso se perdió en los hechos, pero se ganó en el principio jurídico, y ese principio es el que ahora se usa como referencia en otros litigios climáticos.
A nivel individual, lo que reduce el riesgo real durante una ola de calor no son gestos simbólicos, sino medidas concretas: revisar durante los días de alerta a las personas mayores que viven solas, evitar el esfuerzo físico entre las 12 y las 17 horas, mantener la vivienda en penumbra durante el día y ventilarla de madrugada, e hidratarse antes de sentir sed. Son medidas sencillas, pero es exactamente lo que los planes de prevención han demostrado que reduce muertes.
Es razonable pensar que la atribución rápida dejará de ser, en los próximos años, un informe que se publica días después del evento y pasará a integrarse directamente en los sistemas de aviso meteorológico, de forma parecida al servicio piloto que ya opera en China. Es una opinión, no un hecho establecido, pero la tecnología para hacerlo ya existe: lo que falta es que los servicios meteorológicos nacionales decidan incorporarla como rutina en sus avisos, no como un análisis posterior.
Los planes de adaptación han demostrado que reducen la mortalidad de forma notable, y eso es una buena noticia real, no un consuelo. Pero tienen un límite físico: nadie puede diseñar un plan de prevención contra una temperatura de bulbo húmedo que supera los 35°C, porque a partir de ahí no hay comportamiento humano que compense la termodinámica. Si las trayectorias actuales de calentamiento del Mediterráneo se mantienen, la cuestión que queda por resolver no es solo si hacen falta mejores sistemas de alerta, eso ya está en marcha, sino cuántas décadas de margen quedan antes de que la adaptación conductual deje de ser suficiente en las zonas más calurosas del sur de Europa.
Referencias
[1] World Weather Attribution (2026). «Fossil fuel emissions have rapidly worsened European heatwaves in just a few decades.» Publicado el 26 de junio de 2026. worldweatherattribution.org — Reciente. Análisis rápido, sin revisión por pares al cierre de este artículo.
[2] Stott, P.A., Stone, D.A., Allen, M.R. (2004). «Human contribution to the European heatwave of 2003.» Nature 432, 610–614. doi:10.1038/nature03089 — Fiable. Estudio fundacional del campo de atribución; comparó simulaciones de clima real y contrafactual para estimar el riesgo de superar un umbral de temperatura estival.
[3] Philip, S., Kew, S., van Oldenborgh, G.J., Otto, F., Vautard, R., van der Wiel, K., King, A., Lott, F., Arrighi, J., Singh, R., van Aalst, M. (2020). «A protocol for probabilistic extreme event attribution analyses.» Advances in Statistical Climatology, Meteorology and Oceanography 6(2), 177–203. doi:10.5194/ascmo-6-177-2020 — Fiable. Protocolo revisado por pares que estandariza el proceso de atribución rápida.
[4] Ballester, J. et al. (2023). «Heat-related mortality in Europe during the summer of 2022.» Nature Medicine 29, 1857–1866. doi:10.1038/s41591-023-02419-z — Fiable.
[5] Gallo, E. et al. (2024). «Heat-related mortality in Europe during 2023 and the role of adaptation in protecting health.» Nature Medicine 30, 3101–3105. doi:10.1038/s41591-024-03186-1 — Fiable.
[6] Janoš, T., Quijal-Zamorano, M., Shartova, N., Gallo, E., Méndez Turrubiates, R.F., Beltrán Barrón, N.D., Peyrusse, F., Ballester, J. (2025). «Heat-related mortality in Europe during 2024 and health emergency forecasting to reduce preventable deaths.» Nature Medicine. doi:10.1038/s41591-025-03954-7 — Fiable.
[7] Clarke, B. et al. (2025). «Climate change tripled heat-related deaths in early summer European heatwave.» Grantham Institute, Imperial College London / London School of Hygiene & Tropical Medicine, julio de 2025. — Reciente. Estudio rápido no publicado en revista revisada por pares en el momento de su difusión, según confirmó Science Media Centre.
[8] Grantham Institute, Imperial College London / London School of Hygiene & Tropical Medicine (2025). «Summer heat deaths in 854 European cities more than tripled due to climate change.» Septiembre de 2025. — Reciente. Mismo estatus metodológico que [7].
[9] Achebak, H. et al. (2026). «Extreme event attribution for heat-related mortality due to anthropogenic climate change across Europe.» Nature Health. doi:10.1038/s44360-026-00193-z — Reciente. Publicado días antes de la redacción de este artículo, sin réplica independiente todavía.
[10] Network Rail (2022-2025). Prácticas operativas de pintado de vías tras el récord de 40,3°C de julio de 2022 en el Reino Unido; declaraciones y datos de incidencias por pandeo de raíles recogidos por Network Rail y medios británicos. — Fiable. Fuente institucional y periodística ampliamente contrastada, hecho operativo verificable, no una investigación científica.
[11] Cos, J., Doblas-Reyes, F., Jury, M., Marcos, R., Bretonnière, P.-A., Samsó, M. (2022). «The Mediterranean climate change hotspot in the CMIP5 and CMIP6 projections.» Earth System Dynamics 13, 321–340. doi:10.5194/esd-13-321-2022 — Fiable.
[12] World Weather Attribution (2026). «Climate change is driving unprecedented European ocean temperatures, with severe impacts for marine life.» Publicado el 19 de agosto de 2026. doi:10.25560/132103 — Reciente.
[13] Lucas, C., Timbal, B., Nguyen, H. (2014). «The expanding tropics: a critical assessment of the observational and modeling studies.» WIREs Climate Change 5(1), 89–112. doi:10.1002/wcc.251 — Fiable. Revisión sistemática de la literatura sobre expansión del cinturón subtropical seco desde 1979.
[14] Agencia Estatal de Meteorología, AEMET (2025). Informe CLIVAR-Spain 2024, presentado el 20/03/2025. aemet.es/es/noticias/2025/03/informe_clivar_24 — Fiable. Fuente institucional oficial.
[15] Philip, S.Y., Kew, S.F., van Oldenborgh, G.J. et al. (2022). «Rapid attribution analysis of the extraordinary heat wave on the Pacific coast of the US and Canada in June 2021.» Earth System Dynamics 13(4), 1689–1713. doi:10.5194/esd-13-1689-2022 — Fiable.
[16] Harley, C. (Universidad de Columbia Británica). Estimación de campo tras la ola de calor de junio de 2021, difundida por CBC News y otros medios a partir de julio de 2021. — Con reservas. Estimación de un investigador basada en muestreos de campo replicados en varias playas, ampliamente citada, pero sin publicación revisada por pares que cuantifique la cifra total con el mismo rigor que un estudio formal.
[17] Zachariah, M. et al. (2023). «Attribution of 2022 early-spring heatwave in India and Pakistan to climate change: lessons in assessing vulnerability and preparedness in reducing impacts.» Environmental Research: Climate. doi:10.1088/2752-5295/acf4b6 — Fiable.
[18] Qian, C., Ye, Y., Jiang, J. et al. (2024). «Rapid attribution of the record-breaking heatwave event in North China in June 2023 and future risks.» Environmental Research Letters 19, 014028. doi:10.1088/1748-9326/ad0dd9 — Fiable. El ratio de probabilidad calculado no alcanzó significación estadística, aunque el aumento de intensidad atribuible sí fue robusto en ambos métodos empleados.
[19] Tang, H. et al. (2026). «Unprecedented 2024 East Antarctic winter heatwave driven by polar vortex weakening and amplified by anthropogenic warming.» npj Climate and Atmospheric Science 9(1), 122. doi:10.1038/s41612-026-01392-x — Fiable.
[20] Sherwood, S.C., Huber, M. (2010). «An adaptability limit to climate change due to heat stress.» Proceedings of the National Academy of Sciences 107(21), 9552–9555. doi:10.1073/pnas.0913352107 — Marco teórico. Modelo termodinámico que establece el límite fisiológico de 35°C de bulbo húmedo.
[21] Raymond, C., Matthews, T., Horton, R.M. (2020). «The emergence of heat and humidity too severe for human tolerance.» Science Advances 6(19), eaaw1838. doi:10.1126/sciadv.aaw1838 — Fiable.
[22] Vicedo-Cabrera, A.M. et al. (2021). «The burden of heat-related mortality attributable to recent human-induced climate change.» Nature Climate Change 11, 492–500. doi:10.1038/s41558-021-01058-x — Fiable.
[23] Zhao, Q., Guo, Y., Ye, T. et al. (2021). «Global, regional, and national burden of mortality associated with non-optimal ambient temperatures from 2000 to 2019: a three-stage modelling study.» The Lancet Planetary Health 5, e415–e425. doi:10.1016/S2542-5196(21)00081-4 — Fiable.
[24] Oberlandesgericht Hamm (2025). Sentencia de 28 de mayo de 2025, caso Saúl Luciano Lliuya contra RWE AG, expediente I-5 U 15/17. — Fuente histórica. Resolución judicial documentada por el propio tribunal y por múltiples fuentes jurídicas especializadas; no es un estudio científico.