En las clases de la Universidad de Utah, el psicólogo David Strayer comienza con mucha frecuencia con la frase: ¿Cuántos de vosotros os consideráis buenos haciendo varias cosas a la vez? Suele levantar la mano la mitad de la sala. Luego les pasa un test —conducir un simulador mientras resuelven de memoria operaciones matemáticas y recuerdan palabras— y la cifra de gente que consigue hacer las dos cosas sin que ninguna se resienta es del 2,5% [1].
Ese 2.5% no es especial, en otro estudio de la misma universidad midió la relación entre lo bien que la gente cree que reparte su atención y lo bien que la reparte de verdad, y encontró justo lo contrario de lo esperable: cuanta más gente multitaskeaba en su día a día, peor le salía en las pruebas objetivas, y aun así un 70% se consideraba por encima de la media [2]. Los que mejor rindieron en los tests —el 25% superior— resultaron ser, con diferencia, quienes menos alternaban tareas normalmente en su vida diaria y quienes más preferían hacer una cosa detrás de otra.
Lo peor es que cuanto más confías en tu capacidad de repartir la atención, peor la tienes, en general. La gente con menos capacidad para bloquear distracciones tiende, precisamente por eso, a saltar más entre tareas, y tiene desgraciadamente la falsa sensación de estarlo haciendo bien.
Lo primero que hay que aclarar es la propia definición de la palabra multitarea cerebral. El cerebro humano no procesa dos tareas cognitivas complejas en paralelo. Nunca. Lo que llamamos multitasking es un truco: el cerebro salta de una tarea a otra muy rápida dando la sensación subjetiva que es de simultaneidad (los ordenadores también lo hacen así), pero por debajo hay una cola, un turno, una tarea esperando mientras la otra ocupa el escenario. Ese salto tiene un precio medible en tiempo, en errores y, como vamos a ver, en actividad neuronal literal.
Hay un fenómeno de laboratorio con nombre de trámite administrativo —el periodo refractario psicológico— documentado desde hace más de setenta años, que explica por qué esto es así a nivel más básico. Si le pides a alguien que responda a dos estímulos casi al mismo tiempo, la respuesta al segundo siempre llega con retraso, y ese retraso no desaparece por mucho que entrene. El psicólogo Harold Pashler lo bautizó como «cuello de botella central»: existe una fase de selección de respuesta —decidir qué hacer con la información que acabas de recibir— que el cerebro solo puede ejecutar de una en una [3].
Joshua Rubinstein, David Meyer y Jeffrey Evans midieron ese cuello de botella en condiciones más parecidas a la vida real: gente resolviendo problemas mientras cambiaba entre distintas tareas. Encontraron que cada cambio implica dos procesos mentales separados —soltar las reglas de la tarea anterior y cargar las de la nueva—, y que ambos cuestan tiempo: fracciones de segundo por cambio, que crecen con la complejidad de la tarea y se reducen, pero no se eliminan, con la práctica [4]. Y no todos los cambios cuestan lo mismo: saltar entre dos tareas parecidas sale más barato que saltar entre tareas que usan reglas mentales distintas, como pasar de un cálculo matemático a escribir algo emocionalmente delicado. Sumado a lo largo de una jornada, Meyer llegó a estimar que estos microbloqueos pueden comerse hasta un 40% del tiempo productivo de una persona. No es una cifra exacta obviamente, pero deja clara la perdida de eficiencia mental que conlleva.
Aún hay más, cuando cambias de tarea, tu cerebro no se muda del todo. Sophie Leroy, profesora de gestión, descubrió que parte de la atención se queda enganchada en la tarea anterior, sobre todo si la dejaste sin terminar [5]. Lo demostró con un experimento sencillo: un grupo resolvía puzles de palabras y, a mitad, algunos eran interrumpidos para pasar a revisar currículums y decidir contrataciones, mientras que a otros se les dejaba terminar el puzle antes de cambiar. Quienes llegaban con la tarea anterior a medias rindieron peor en la segunda, con más errores y más lentitud, que quienes habían cerrado el ciclo antes de saltar. Leroy lo llamó residuo atencional: el cerebro se niega a cerrar pestañas. Sigue corriendo el proceso de fondo, aunque tú ya estés mirando otra cosa.
Y aquí es donde entra Earl Miller, neurocientífico del MIT que lleva casi tres décadas metiendo electrodos en la corteza prefrontal —la zona del cerebro justo detrás de la frente, encargada de planificar, decidir y frenar impulsos— de macacos, para ver qué pasa ahí dentro cuando un cerebro intenta repartirse entre dos tareas. En uno de sus experimentos más citados, Miller y su equipo, Jason Cromer y Jefferson Roy, entrenaron a un grupo de monos para clasificar dos conjuntos de imágenes completamente distintos: gatos contra perros por un lado, sedanes contra deportivos por otro. A cada animal se le indicaba, mediante una señal al principio de cada ensayo, qué clasificación tocaba en ese momento, y tenía que cambiar de criterio sin previo aviso constante —exactamente como cuando tú pasas de contestar un wasap a seguir con un ejercicio de matemáticas. Mientras los monos alternaban entre ambas tareas, el equipo registró la actividad de cerca de 500 neuronas de la corteza prefrontal [6].
Lo que encontraron tiene matices, y merece la pena contarlo entero y no quedarse con el titular fácil. Cerca de la mitad de esas neuronas resultaron ser «generalistas»: participaban tanto en la tarea de los animales como en la de los coches, algo que contradecía la idea clásica de que cada neurona tiene una función fija y aislada. Se podría leer esto como una prueba de que el cerebro sí sabe multitaskear a nivel neuronal, y de hecho así lo tituló el propio MIT en su nota de prensa. Pero que existan neuronas capaces de representar ambas tareas no es lo mismo que ejecutar las dos decisiones a la vez. La flexibilidad está en el hardware; el cuello de botella sigue estando en el proceso de decidir y actuar sobre esa información [6]. Cuando dos tareas compiten de verdad por los mismos recursos, ambas van más lentas y con más errores. En los humanos, sin electrodos es muy sencillo darse cuenta, es cuando tienes que leer tres veces el mismo párrafo porque te llego una notificación y tienes el móvil al lado.
Expertos en Multitarea
En 2009, un equipo de Stanford liderado por Eyal Ophir, Clifford Nass y Anthony Wagner comparó a estudiantes que consumían muchísimos medios a la vez —música, mensajes, vídeo, redes, todo simultáneo— con estudiantes que rara vez mezclaban formatos. La hipótesis de partida parecía razonable: si llevas años entrenando el cambio rápido de tarea, deberías ser mejor en ello, pero el resultado sorprendió. Los «multitarea pesados» rindieron peor filtrando información irrelevante, peor gestionando su memoria de trabajo y, increíblemente, peor en la propia tarea de cambiar de foco, de lo cual deberían de ser maestros [8]. Ophir, el autor principal, reconoció después que buscaron en qué destacaban esos sujetos y no encontraron absolutamente nada.
El problema de esta investigación es que el hallazgo no se ha replicado de forma limpia. Un equipo liderado por Meredith Minear repitió un diseño parecido en 2013 con una muestra distinta y no encontró la misma relación entre multitarea mediática pesada y peor rendimiento en las pruebas de cambio de tarea, aunque sí halló más impulsividad y peor autocontrol en los multitarea pesados [9]. Otros trabajos posteriores han encontrado resultados mixtos, lo cual puede implicar que puede haber un problema en cómo se mide exactamente «multitarea mediática» y qué parte concreta del cambio de tarea se está evaluando en cada estudio. De todas formas, lo que no está en discusión en ninguno de los dos bandos, es que nadie procesa dos tareas complejas en paralelo de forma eficiente.
Cuidado al Volante
En el estudio de los supertaskers, Watson y Strayer confirmaron algo que la investigación sobre conducción y móvil llevaba años señalando: mantener una conversación telefónica retrasa el tiempo de reacción al frenar, empeora la detección de objetos en la carretera y provoca lo que se conoce como ceguera por inatención, un efecto por el cual el cerebro, ocupado procesando la conversación, deja de convertir en información utilizable hasta la mitad de lo que hay delante del coche, aunque los ojos sigan mirando hacia allí [1]. En ese mismo experimento, la media de los conductores tardó un 20% más en frenar y dejó un 30% más de distancia de seguridad cuando hablaba por teléfono, frente a cuando conducía sin distracción alguna.
Atención Estudiante
Un equipo de psicología del consumo demostró que la simple presencia física de tu propio móvil sobre la mesa, aunque esté apagado o en silencio y no lo toques en toda la sesión, reduce la capacidad cognitiva disponible para la tarea que tienes delante, y el efecto es mayor cuanta más dependencia sientes hacia el aparato [10]. No hace falta que suene, vibre o encienda la pantalla. Basta con que tu cerebro sepa que está ahí, disponible, para que una parte de tus recursos atencionales se destine, sin que te enteres, a resistirse a mirarlo. Es residuo atencional en versión silenciosa.
Seguramente estas leyendo esto en una pantalla, con más pestañas abiertas de las que te gustaría admitir. Gloria Mark, investigadora de la Universidad de California en Irvine, lleva midiendo cuánto tiempo aguanta la gente mirando una sola pantalla antes de cambiar desde 2004. Entonces, la media era de dos minutos y medio. En 2012 había bajado a 75 segundos. Tras repetir el estudio varias veces entre 2014 y 2020, la cifra se asentó en 47 segundos [11]. Cada uno de esos cambios de pantalla es, técnicamente, un episodio de task-switching con su correspondiente coste cognitivo, multiplicado decenas de veces por hora. Y no acaba ahí: cuando algo interrumpe a alguien mientras trabaja en un proyecto —una notificación, una pregunta, lo que sea—, Mark calcula que hacen falta de media unos 23 minutos para recuperar el mismo nivel de concentración que había antes de la interrupción [11].
La probabilidad de ser de los que pueden hacer task-switching te recuerdo que era del 2,5% — es más o menos la de que te toque algo en una rifa con cuarenta boletos -. El resto simplemente estamos cambiando de pestaña muy rápido y llamándolo multitarea, con el móvil bocabajo en una mano —bueno, al lado—, esta pestaña en la otra, y la sensación, falsa pero muy convincente, de que lo tenemos todo bajo control.
Referencias
[1] Watson, J.M. y Strayer, D.L. (2010). «Supertaskers: Profiles in extraordinary multitasking ability». Psychonomic Bulletin & Review, 17(4), 479-485. Con reservas – Muestra pequeña, sin replicación robusta
[2] Sanbonmatsu, D.M., Strayer, D.L., Medeiros-Ward, N. y Watson, J.M. (2013). «Who multi-tasks and why? Multi-tasking ability, perceived multi-tasking ability, impulsivity, and sensation seeking». PLOS ONE, 8(1), e54402. Observacional
[3] Pashler, H. (1994). «Dual-task interference in simple tasks: Data and theory». Psychological Bulletin, 116(2), 220-244. Fiable
[4] Rubinstein, J.S., Meyer, D.E. y Evans, J.E. (2001). «Executive control of cognitive processes in task switching». Journal of Experimental Psychology: Human Perception and Performance, 27(4), 763-797. Fiable
[5] Leroy, S. (2009). «Why is it so hard to do my work? The challenge of attention residue when switching between work tasks». Organizational Behavior and Human Decision Processes, 109(2), 168-181. Con reservas
[6] Cromer, J.A., Roy, J.E. y Miller, E.K. (2010). «Representation of multiple, independent categories in the primate prefrontal cortex». Neuron, 66(6), 796-807. En primates
[7] Pinotsis, D.A., Fridman, G. y Miller, E.K. (2023). «Cytoelectric coupling: Electric fields sculpt neural activity and «tune» the brain’s infrastructure». Progress in Neurobiology, 226, 102465. Con reservas, hipótesis
[8] Ophir, E., Nass, C. y Wagner, A.D. (2009). «Cognitive control in media multitaskers». Proceedings of the National Academy of Sciences, 106(37), 15583-15587. Replicas algo distintas pero conclusión similar
[9] Minear, M., Brasher, F., McCurdy, M., Lewis, J. y Younggren, A. (2013). «Working memory, fluid intelligence, and impulsiveness in heavy media multitaskers». Psychonomic Bulletin & Review, 20(6), 1274-1281. Fiable
[10] Ward, A.F., Duke, K., Gneezy, A. y Bos, M.W. (2017). «Brain drain: The mere presence of one’s own smartphone reduces available cognitive capacity». Journal of the Association for Consumer Research, 2(2), 140-154. Fiable
[11] Mark, G. (2023). Attention Span: A Groundbreaking Way to Restore Balance, Happiness and Productivity. Hanover Square Press. Libro