Hay un dato que me choca y que no suele aparecer citado en ningún sitio.

Según el último informe de V-Dem (el instituto sueco que mide democracias con más detalle que nadie), alrededor del 40% de la población mundial —unos 3.000 millones de personas— vive en países que están en proceso de autocratización (pérdida democrática y de libertades) [1]. Solo el 5% vive en países que se están democratizando. Y sin embargo, cuando le preguntas a la gente en las encuestas si la democracia es una buena idea, la aprueba. En América Latina, el apoyo a la democracia llegó en 2024 al 52%, un récord [2]. En Europa, la confianza en la Unión Europea alcanza el 51%, su nivel más alto en diecisiete años [3]. ¿Cómo es posible que las democracias se deterioren mientras la gente, sobre el papel, las quiere más que nunca? (Porque se están deteriorando)

Eso es lo que vamos a tratar, sin eslóganes ni campañas publicitarias.

La crisis medida, no imaginada

El Latinobarómetro 2024, que encuesta a 18 países latinoamericanos, registra niveles de confianza en los partidos políticos del 17%. Es un suelo histórico. Para ponerlo en contexto: la confianza en las fuerzas armadas está en el 43%, en la policía en el 41%, en el presidente en el 37%, en el poder judicial en el 28% y en el Congreso en el 24% [2]. Los partidos, que son el mecanismo por el que la gente se gobierna a sí misma, son la institución en la que menos se confía. Solo Uruguay rompe la media, con un 36% [4].

Y sin embargo, la democracia como idea goza de buena salud. Lo que está podrido es otra cosa. La gente quiere democracia. Lo que cada vez le gusta menos es la versión real y deformada de la democracia que está viviendo.

Entonces, parece que la crisis de la democracia no es un problema de «apoyo a la democracia», sino un problema de rendimiento percibido de las instituciones democráticas de gobierno concretas. Es posible querer más democracia y a la vez confiar menos en los partidos que «dicen» representarte. Y que esa brecha —entre ideal y práctica— es exactamente el espacio donde los movimientos anti-sistema encuentran oxígeno.

Cuando un candidato «nuevo», brillante y externo, aparentemente, al sistema, promete dinamitar lo existente, no compite contra la idea de democracia. Compite contra la confianza en el sistema democrático actual. Es un duelo mucho más fácil de ganar.

Hay que tener en cuenta que en Europa la foto no es tan catastrófica como parece. El Eurobarómetro de otoño de 2024 muestra que el 51% de los europeos confía en la UE, el nivel más alto desde 2007 [3]. Entre los jóvenes de 15 a 24 años, la cifra sube al 59%. Esto contradice la narrativa facilísima de que «los jóvenes abandonan la democracia». Lo que abandonan, cuando lo abandonan, es el sistema de partidos tradicionales, no la idea de autogobierno. Y eso cambia bastante qué tipo de reforma puede tener apoyo popular.

Qué dice realmente la ciencia política

Hay un debate abierto, y conviene no disimularlo. Una corriente, que podríamos llamar la del backsliding (Resbalar hacia atrás, democráticamente, Levitsky, Ziblatt, Bermeo), pone el acento en actores concretos: ejecutivos electos que, una vez en el poder, debilitan los contrapesos de la democracia desde dentro. Gobiernan con la ley, no contra la ley. No hay golpe; hay erosión. Es el camino húngaro, el camino venezolano, el camino turco, para acabar en un gobierno similar al Ruso. Se inicia cómo democracia y una vez en el poder va controlando la competencia, limitando la libertad de prensa y usando la ley para asfixiar a la oposición.

Otra corriente, más estructural, insiste en que el problema viene de abajo, no de arriba. La desigualdad económica importa, y mucho. Un estudio reciente de UChicago publicado en PNAS demuestra que la desigualdad de ingresos es uno de los predictores más fuertes de dónde y cuándo se erosiona la democracia [5].

La idea es parece no tener sentido (al haber mas masa de población votante pobre) pero es sólida: cuanto más desigual es una sociedad, más fácil es que un candidato con vocación autoritaria gane elecciones presentándose como el único que puede «restablecer el orden» frente a élites económicas injustas. Y ojo, que esa dinámica no solo afecta a la derecha. AMLO, Orbán, Trump, Bukele y Le Pen son distintos, pero comparten el truco electoral: identifican un enemigo interno y prometen saltarse las reglas para derrotarlo.

Hay quien discrepa. Larry Diamond y otros politólogos argumentan que el énfasis en la desigualdad económica sobreestima el efecto del dinero y subestima el peso de la cultura política, las élites y la calidad institucional [6]. Que hay democracias pobres que sobreviven y democracias ricas que se degradan. Probablemente ambos bandos tienen razón a medias, y la causa real es interacción: desigualdad + polarización afectiva + un ecosistema informativo degradado + líderes dispuestos a explotar todo lo anterior.

Es razonable sospechar que parte del deterioro institucional es realimentado por las propias élites económicas, que cuando perciben que la democracia podría producir políticas redistributivas amenazantes, financian o toleran a outsiders autoritarios como «mal menor» frente a una alternativa de izquierda. Esto es una suposición, anclada en la literatura sobre autoritarismo competitivo de Levitsky y Way, y en trabajos recientes sobre captura de élites [7]. No está demostrado de forma concluyente. Pero si es cierto, la «crisis de la democracia» es, en parte, una crisis de la democracia como escudo frente al poder económico. Y eso cambia qué tipo de soluciones sirven.

Según el trabajo de Martin Gilens y Benjamin Page (2014), en el cual analizaron miles de decisiones políticas, demostraron que las preferencias de las élites económicas y grupos de interés corporativos determinan casi el 100% de la agencia, y las preferencias de los ciudadanos de ingresos medios tienen un impacto cercano a 0% en las leyes que finalmente se aprueban.

Por otro lado, la financiación de los partidos políticos y sus campañas por parte de entidades corporativas con intereses es otro claro indicador de la influencia de dichas elites corporativas en la política. A partir 2010 debido a una sentencia del caso Citizens United, se permite en EE.UU. que las corporaciones puedan donar de forma anónima a los partidos políticos, así no sólo es que se permita sin control estas donaciones de compra de voluntad política, sino que se desconoce que corporación dona a que partido. En Europa, se busca que los partidos no dependan de dinero privado para evitar el pago de favores, pero en algunos países tienen el problema de las puertas giratorias, perdón de deudas a partidos o puestos en altos cargos privados cuando dejan la política.

Posibles soluciones: lo que se está probando

Veamos la parte positiva. La innovación institucional está viva, aunque los titulares no la cubran.

La más antigua y rodada es el presupuesto participativo, nacido en Porto Alegre en 1989, por el cual a nivel local los votantes sugieren y deciden en que se gasta una porción del presupuesto y hoy presente en más de 11.000 ciudades en el mundo [8]. La evidencia muestra efectos modestos pero consistentes: aumenta la participación electoral, reduce el clientelismo y mejora la percepción de eficacia política entre los vecinos que participan. No es la panacea, pero funciona.

Más reciente y más vistosa: las asambleas ciudadanas por sorteo. Irlanda las usó para legalizar el aborto y el matrimonio igualado en referendos que después se aprobaron por mayoría amplia. El modelo se ha replicado en Francia, Reino Unido, Bélgica, Escocia, Polonia. La evidencia es que los participantes se vuelven más tolerantes, mejor informados y menos sectarios tras deliberar. No elimina la polarización; la desplaza. Consiste en seleccionar a una muestra diversa de la población, una vez informada por expertos y académicos y afectados, debata sobre nuevas leyes y de su recomendación, para que luego sea votada por referéndum. Desde mi punto de vista, cualquier ley que afecte de forma importante a una población debería de seguir este proceso.

Y luego está el camino más aburrido pero posiblemente más efectivo: reforzar la rendición de cuentas horizontal sin tocar la Constitución. Informes independientes sobre integridad judicial, transparencia algorítmica en la contratación pública, proteger a periodistas de investigación. Cosas que se pueden hacer por ley ordinaria. La ciencia política las recomienda con bastante consenso.

En conclusión

La democracia liberal no está muerta. Está siendo atacada desde dentro por líderes que aprendieron que se puede ganar una elección y luego vaciar la democracia desde dentro, y desde fuera por un contexto económico y tecnológico que la hace sentirse lenta, cara e impotente. Pero la idea sigue viva, y la demanda social de instituciones que funcionen no ha bajado. Sube.

Lo que sí ha bajado, y aquí está el dato que más me inquieta, es la tolerancia a las reglas del juego. Y esa tolerancia no se recupera con más pedagogía ni con más declaraciones de amor a la democracia. Se recupera con instituciones que demuestren, en lo concreto, que merecen la confianza que todavía se les da en abstracto.

Referencias (Analizadas con nuestro nivel de fiabilidad)

[1] V-Dem Institute, Democracy Report 2024: Democracy Winning and Losing at the Ballot (Universidad de Gotemburgo, marzo de 2024). Disponible en v-dem.net. Fiable

[2] Latinobarómetro, Informe 2024: La democracia resiliente (Corporación Latinobarómetro, noviembre de 2024). Fiable

[3] Comisión Europea, Standard Eurobarometer 102 — Autumn 2024, comunicado IP/24/6126 (Bruselas, 29 de noviembre de 2024). Fiable

[4] Latinobarómetro, Resultados por país 2024. Fiable

[5] Rau, E. y otros, «Income inequality and the erosion of democracy in the twenty-first century», Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), enero de 2025. Con reservas

[6] Levitsky, S. y Way, L., Competitive Authoritarianism: Hybrid Regimes After the Cold War (Cambridge University Press, 2010); Diamond, L., «Democratic Regression in Comparative Perspective», Journal of Democracy, 2021. Fiable

[7] Bermeo, N., On Democratic Backsliding (Journal of Democracy Working Paper, 2016); y la literatura posterior sobre élites y captura política sintetizada en el Carnegie Endowment, Understanding and Responding to Global Democratic Backsliding (2022). Fiable

[8] Wampler, B. y otros, A Global Theory of Change for Participatory Budgeting, Public Deliberation Network, 2023. Con reservas

[9] Escotto, L. y otros, Asamblea ciudadana y democracia deliberativa en América Latina (ONU-Democracy Fund, 2021). En revisión

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