Hay algo que los negacionistas del cambio climático hacen siempre bien: eligen el año correcto para empezar su gráfica. No cualquier año. El año perfecto para sus intereses. El 1998.
¿Por qué 1998? Porque ese año hubo un El Niño descomunal —el fenómeno meteorológico que calienta temporalmente las aguas del Pacífico tropical y dispara la temperatura media del planeta— que dejó un pico en el registro histórico que tardó casi dos décadas en ser superado de forma permanente. Si tomas ese pico como punto de partida y mides hasta 2012, puedes «demostrar» que el calentamiento se ha pausado. O incluso que ha bajado. La trampa estadística tiene nombre técnico: cherry-picking, selección interesada de datos. Funciona igual que si alguien afirmara que las acciones de la bolsa «no han subido» eligiendo como punto de partida el máximo de la burbuja puntocom de 2000.
La pregunta que importa, es otra: ¿Cómo sabemos exactamente cuánto se ha calentado realmente la Tierra? En el planeta entero, desde que hay registros fiables, con todos los sesgos identificados y corregidos.
El termómetro colectivo del planeta
No existe un único termómetro global. Lo que existe son miles de estaciones meteorológicas repartidas por los continentes, boyas y barcos registrando la temperatura del océano, y satélites midiendo la temperatura de la atmósfera desde órbita. Tres organismos principales toman toda esa información y la integran en una cifra coherente: la NOAA (la agencia oceánica y atmosférica de Estados Unidos), la NASA (concretamente su instituto GISS, en Nueva York) y el HadCRUT (una colaboración entre el Met Office británico y la Universidad de East Anglia). Los tres usan datos parcialmente diferentes y metodologías distintas. Y los tres llegan a conclusiones prácticamente idénticas [1].
Cuando instituciones de países distintos, con intereses distintos, con equipos de científicos que no se coordinan entre sí, llegan al mismo resultado usando métodos independientes, la probabilidad de un error sistemático compartido —o de una conspiración, que es lo que algunos insinúan— se aproxima a cero. Es la lógica de la replicación independiente, que es exactamente el mecanismo que hace que la ciencia funcione mejor que cualquier otra forma de conocer el mundo.
¿Cómo se construye ese registro? En tierra, se usan estaciones meteorológicas de superficie: termómetros que llevan décadas, algunas más de un siglo, registrando temperaturas máximas y mínimas. En el océano —que cubre el 71% de la superficie del planeta y es imposible de ignorar— se combinan datos de barcos, boyas ancladas, boyas a la deriva y, desde los años noventa, la red Argo de flotadores automatizados que bajan hasta 2.000 metros de profundidad y suben transmitiendo sus lecturas por satélite. Hay más de 3.000 en este momento dando vueltas por los océanos. No es un termómetro. Es una red de termómetros tan densa que la cobertura geográfica es, en la era moderna, prácticamente completa.
El resultado de todo esto, en números: en 2024, todos los grupos que miden temperatura global de forma independiente —incluyendo también Berkeley Earth y el servicio europeo Copernicus— confirmaron que fue el año más cálido desde que hay registros instrumentales, iniciados en torno a 1850 [1]. La temperatura media global superó el promedio preindustrial (1850-1900) en aproximadamente 1,47 °C según la estimación de la NASA [2], o 1,55 °C según la Organización Meteorológica Mundial [3]. Los números no coinciden al decimal. Eso no es un problema: refleja diferencias metodológicas legítimas sobre cómo se estima la temperatura oceánica en el siglo XIX, cuando los datos son más escasos. La franja de incertidumbre es conocida y está cuantificada.
Lo que nadie te cuenta sobre los ajustes: enfrían el pasado, no calientan el presente
Uno de los argumentos favoritos del negacionismo es que los científicos «ajustan» los datos históricos hacia arriba, inflando el calentamiento artificialmente. Es un argumento que suena razonable si no sabes nada del tema, y que se desmonta en cuanto te pones a mirar la dirección real de las correcciones.
Las correcciones más importantes del registro histórico van en dirección contraria a la que el argumento negacionista supone: enfrían el pasado para hacerlo comparable con el presente, lo que en efecto hace que el calentamiento observado parezca mayor. Pero no por ninguna conspiración. Por un problema de ingeniería naval del siglo XIX que nadie anticipó porque nadie estaba pensando en el clima cuando lo diseñó.
Hasta los años cuarenta del siglo pasado, la mayoría de las temperaturas del océano se medían con un método tan pintoresco como problemático: los marineros lanzaban cubos de madera o lona al agua, los subían a cubierta y metían el termómetro. El problema es que el agua se enfría durante el proceso, especialmente en los cubos de lona sin aislamiento, dependiendo de la velocidad del barco, la temperatura del aire y el tiempo que tardaban en hacer la medición. Cuando a mediados del siglo XX se pasó mayoritariamente a medir la temperatura del agua de refrigeración de los motores —que llega directamente de las tomas del casco y está ligeramente más caliente que el agua superficial— el registro sin corregir mostró un salto artificial de temperatura que no existía en la realidad [5].
Los científicos del HadCRUT y de otros grupos han dedicado décadas a modelar y corregir ese sesgo. El método consiste en reconstruir físicamente cuánto se enfría el agua en cada tipo de cubo (de madera, de lona, de goma), comparar mediciones simultáneas tomadas con diferentes métodos en los mismos barcos, y cruzar esos datos con registros de temperatura nocturna del aire marino, que sirve como referencia independiente. Es un trabajo de arqueología climática que no tiene nada de arbitrario [5].
El resultado es que el pasado queda un poco más frío de lo que medían los termómetros, y el calentamiento observado resulta más pronunciado, no menos. no es que se «fabriquen» los ajustes.
Hay otros tipos de corrección igual de documentados. El cambio en la hora de observación —si un termómetro se leía por la mañana o por la tarde afecta a la temperatura máxima y mínima registrada—, el cambio de instrumentos (de termómetros de mercurio a sensores electrónicos), el traslado de estaciones. Cada corrección está registrada, publicada y puede ser auditada por cualquiera. De hecho, la gran virtud del sistema es que los datos brutos también son públicos. Quien quiera hacer el cálculo sin correcciones puede hacerlo y publicarlo. Se ha hecho. El resultado es prácticamente el mismo [4].
El efecto isla de calor: real a escala local, irrelevante a escala global
El efecto isla de calor urbano es un fenómeno genuino y bien documentado: las ciudades son más calientes que el campo circundante porque el asfalto y el hormigón absorben más radiación solar que la vegetación, los edificios reducen la ventilación y los humanos y nuestras actividades generan calor. Una estación meteorológica que en 1950 estaba en las afueras de una ciudad mediana y ahora está rodeada de bloques de apartamentos, centros comerciales y parkings puede registrar un calentamiento local que no tiene nada que ver con el clima global. El argumento negacionista dice que eso contamina el registro global. Es un argumento razonable que merece una respuesta concreta, no una palmadita.
La respuesta concreta llegó en 2012 de una fuente inesperada. Berkeley Earth fue un proyecto de revisión independiente de los registros de temperatura, fundado por Richard Muller, un físico de Berkeley que se autodefinía como «escéptico apropiado» y que tenía serias dudas sobre la solidez de los registros anteriores. Su equipo incluyó a la climatóloga Judith Curry, entonces una de las voces más críticas con el consenso climático. Recibieron financiación parcial de la fundación Koch, ligada a la industria petrolera. No exactamente el equipo que uno esperaría llegar a confirmar el calentamiento global.
Su análisis usó más de 36.000 estaciones meteorológicas, cinco veces más que los análisis anteriores de NASA y NOAA, e incluyó explícitamente estaciones rurales alejadas de cualquier área urbana para comparar. Conclusión: el efecto isla de calor urbano es real a escala local, pero su contribución al promedio global de temperatura terrestre es indistinguible de cero [4]. Las ciudades ocupan menos del 1% de la superficie terrestre. El promedio global está dominado por el océano —que nadie ha asfaltado— y por miles de estaciones rurales que no tienen ese problema. El calentamiento en las zonas urbanas y en las rurales es estadísticamente el mismo.
Muller, que había empezado el proyecto siendo escéptico, publicó los resultados en julio de 2012 con una columna en el New York Times titulada, sin rodeos: «El escéptico del calentamiento global: yo solía dudar. Ya no.» Lo llamativo no es que cambiara de opinión —la evidencia estaba ahí para cualquiera que mirara—, sino que lo hiciera públicamente y con ese tono. Eso tiene un nombre: integridad intelectual. No abunda.
El salto de 2023 y 2024, demasiado rápido
Hay algo preocupante, el calentamiento de los últimos dos años ha sido más rápido de lo que los modelos esperaban, y los científicos no tienen todavía una explicación completamente satisfactoria.
Una parte del salto se explica bien: hubo un El Niño potente desde finales de 2023 hasta mediados de 2024 que empujó las temperaturas hacia arriba. Pero cuando Gavin Schmidt, el director del GISS de la NASA y uno de los climatólogos más respetados del mundo, mira los números, dice que el tamaño del salto supera lo que El Niño solo justificaría. Berkeley Earth, en su informe de temperatura de 2024, lo dice de forma parecida: el pico ha sido «mayor de lo esperado» y los factores conocidos «no explican completamente la magnitud» [6]. Esto no es buenas noticias.
Se están investigando al menos dos hipótesis adicionales. La primera hipotesis tiene que ver con los aerosoles sulfúricos. Los barcos de transporte marítimo quemaron durante décadas combustibles con mucho azufre, que al oxidarse en la atmósfera formaban partículas que reflejaban parte de la radiación solar, actuando como un sombreado involuntario del planeta. En 2020, la Organización Marítima Internacional obligó a reducir drásticamente el contenido en azufre del combustible marino. El resultado es que ese sombreado artificial ha disminuido y más radiación llega ahora a la superficie. No es una hipótesis especulativa: el mecanismo físico es conocido. Lo que no está claro es cuánto del calentamiento reciente puede atribuirse a esto.
La segunda hipótesis involucra la erupción volcánica submarina de Tonga en enero de 2022, que fue una de las más energéticas registradas en décadas y que, a diferencia de las erupciones terrestres que inyectan partículas de dióxido de azufre que enfrían temporalmente el clima, introdujo cantidades inusuales de vapor de agua directamente en la estratosfera. El vapor de agua es en sí mismo un gas de efecto invernadero. Si ese vapor estratosférico ha permanecido más tiempo del esperado, podría haber contribuido a las temperaturas anómalas de 2023 y 2024. Es una conjetura —anclada en física real, pero todavía sin confirmar como causa principal.
Es importante detectar la causa porque si una parte del calentamiento reciente se debe a la reducción de aerosoles marinos, y esa reducción ya ha ocurrido y es permanente, entonces el punto de partida de la temperatura global ha subido un escalón que no va a bajar. Y si los modelos climáticos infraestimaban esa contribución, puede que también infraestimen el calentamiento futuro. La cuestión es que si ninguna de las dos hipótesis son las responsables del calentamiento, hay un tercer desconocido en la ecuación que esta calentando el planeta, lo cual es preocupante.
La importancia del consenso
Es tentador, cuando se discute sobre temperatura global, quedar atrapado en la discusión sobre un dato, un año, una estación, una corrección. Los negacionistas son muy buenos provocando exactamente ese tipo de debate – ¿Posiblemente financiados por empresas afectadas por las medidas de control? -, porque en el detalle siempre hay algo que cuestionar. La ciencia no es perfecta y los registros históricos tienen incertidumbres reales.
Pero hay algo más difícil de atacar que un dato: el patrón de convergencia entre fuentes independientes. NASA, NOAA y HadCRUT no comparten datos en tiempo real ni coordinan sus metodologías. Berkeley Earth fue creada por escépticos con financiación de la industria petrolera. El servicio europeo Copernicus depende de la agencia espacial europea. Los japoneses tienen su propio análisis. Todos señalan en la misma dirección.
Además, los registros instrumentales no están solos. Las proxies climáticas —datos indirectos de temperatura extraídos de anillos de árboles, corales, sedimentos, burbujas de aire atrapadas en el hielo de glaciares— pintan el mismo cuadro: el calentamiento actual no tiene precedente en los últimos dos mil años de historia climática documentada. Los termómetros empezaron a registrar en 1850. Los testigos de hielo de la Antártida llegan a 800.000 años. Y ninguno de esos registros muestra nada comparable a lo que ha ocurrido en el último siglo.
Que la temperatura suba o baje un año en concreto no es el dato. Que haya un pico en 1998 por El Niño no es el dato. El dato es la flecha. Y la flecha lleva más de un siglo apuntando en la misma dirección, con una aceleración notable en las últimas décadas, medida por instrumentos de cinco países distintos, corroborada por archivos climáticos naturales de millones de años, revisada por miles de científicos que no se conocen entre sí y que estarían encantados de encontrar el error que lo derrumba todo
REFERENCIAS
[1] NASA Goddard Institute for Space Studies. 2024 Was the Warmest Year on Record. NASA Science, enero de 2025. Fiable
[2] NOAA National Centers for Environmental Information. 2024 Was the World’s Warmest Year on Record. NOAA, enero de 2025. Fiable
[3] Organización Meteorológica Mundial. WMO Confirms 2024 as Warmest Year on Record at About 1.55°C Above Pre-industrial Level. WMO, enero de 2025. Fiable
[4] Berkeley Earth. Global Temperature Report for 2024. Berkeley Earth, enero de 2025. / Berkeley Earth FAQs: Urban Heat Island Effect. Disponible en berkeleyearth.org. Fiable
[5] Carella, G. et al. Measurements and models of the temperature change of water samples in sea-surface temperature buckets. Quarterly Journal of the Royal Meteorological Society, 2017. DOI: 10.1002/qj.3078. Fiable
[6] Berkeley Earth. Global Temperature Report for 2024 (sección sobre factores adicionales al calentamiento 2023-2024). Enero de 2025. Con reservas — la parte sobre factores adicionales al salto de temperatura 2023-2024 (como la reducción de aerosoles del transporte marítimo o el ciclo solar) corresponde a atribución causal todavía en discusión activa, no a la medición del récord en sí, que está bien establecida.